El porno promete placer, pero ¿te lo quita?

Publicado el 25 de agosto de 2025, 13:16

Hoy podemos ver pornografía en cualquier momento, desde cualquier lugar y en cuestión de segundos. Son vídeos breves, con escenas directas y sobreestimulantes, que buscan el máximo impacto desde el primer segundo. No hay un contexto, ni un proceso. Sólo el clímax, lo explícito, lo rápido. Y sin darnos cuenta, empezamos a relacionarnos con el placer desde ese lugar.

 

Además, hablamos de un tipo de contenido que muchas veces muestra cuerpos, prácticas y ritmos poco realistas. Genitales sobredimensionados, mujeres hipersexualizadas, dinámicas que no siempre reflejan relaciones consensuadas, diversas o cuidadosas. ¿Qué pasa cuando esta es nuestra principal (o única) fuente de educación sexual y estimulación erótica?

 

Con el tiempo, el porno puede condicionar profundamente la forma en que nos excitamos. Si me acostumbro a alcanzar el orgasmo en tres minutos, pasando de vídeo en vídeo hasta encontrar la escena “perfecta”, mi cuerpo aprende a necesitar un nivel altísimo de estímulo para activarse. Esto puede generar dificultades en encuentros reales: desde eyaculación precoz (porque estoy habituado a ir rápido) hasta eyaculación retardada (porque el cuerpo de otra persona no “compite” con esa intensidad artificial de estímulo). A veces incluso cuesta excitarse si no hay una pantalla delante.

Y todo esto no surge sólo por lo que se ve, sino por cómo se consume: rápido, en soledad, sin registro corporal. En los años 80, las películas porno duraban más de una hora. Requerían un VHS, un DVD, tiempo y espacio. Era una experiencia con más proceso, más conexión con uno mismo. Hoy, en cambio, la inmediatez lo atraviesa todo, también el placer.

 

El problema no es la pornografía en sí, sino cuando se convierte en la única vía, cuando reemplaza al cuerpo y la experiencia real. Porque la sexualidad no es un vídeo, es un proceso. No empieza en la penetración ni termina en el orgasmo. Es conexión, presencia, sentir.

 

Por eso es tan importante reaprender a escucharnos: frenar, volver al cuerpo, observar qué nos gusta, qué nos conecta, qué nos relaja o nos excita. Sin juzgar. Desde la curiosidad, no desde la exigencia.

 

Y si nos cuesta encontrar esa conexión, está bien pedir ayuda. La terapia sexual no busca “prohibir” el porno ni imponer un tipo de sexualidad correcta, sino acompañar a explorar, entender qué está pasando y abrir nuevas formas de vivir el placer de forma más libre, más real, más propia.