Discutir mejor, no más.

Publicado el 5 de diciembre de 2025, 14:27

El secreto para relaciones saludables:

A menudo, en las relaciones de pareja parece que ambas partes hablen idiomas diferentes. En ocasiones, una persona intenta trasladar un problema, una emoción o una necesidad, y la otra siente la presión de tener que “hacer algo” al respecto. A veces ni siquiera es presión: simplemente damos por hecho lo que la otra persona necesita.

El problema es que confundimos acompañar con resolver.

Una parte quiere ser escuchada y comprendida, y la otra responde ofreciendo una “solución”. Pero la mayoría de conflictos de pareja no necesitan respuestas brillantes; necesitan presencia.


Cuando esto no ocurre, la distancia se agranda: quien busca comprensión se esfuerza más, se frustra más y, a veces, se enfada más. Mientras tanto, la otra persona puede sentirse atacada, y ahí aparece la actitud defensiva.

La actitud defensiva nace cuando siento que el otro me está juzgando, o cuando conectar con mi vulnerabilidad me descoloca y aparece la necesidad de protegerme. Desde ese lugar, es imposible comprender al otro, porque toda mi energía está en defender lo que yo siento.

Y es justo aquí donde muchas parejas se pierden. Se pierde de vista el objetivo principal: ser equipo, apoyarse mutuamente, cuidarse. Por eso es tan importante entender qué está necesitando nuestra pareja cuando nos habla. 

 

Cuando estas señales fallan y entramos en bucles repetidos, suele aparecer la tentación de evitar el tema. Pero evitar las conversaciones incómodas no apaga el malestar: lo acumula. Lo convierte en distancia, en silencios largos, en frases que nunca se dicen, en miradas que esquivan. Y lo que podía haberse resuelto con presencia y honestidad acaba transformándose en resentimiento o desconexión.

 

Paradójicamente, los conflictos que evitamos por miedo son los que más dañan el vínculo. Los que hablamos con cuidado (aunque nos cueste) suelen ser los que fortalecen la relación.

Porque no se trata de discutir más, sino de discutir mejor.
De permitir que la relación respire, que las cosas se nombren, que haya espacio para lo incómodo sin que eso signifique peligro.