Del objeto deseado al sujeto deseante
En consulta, y también en mi vida personal, puedo ver cómo el patriarcado influye en nuestra sexualidad mucho más de lo que creemos.
En otro artículo hablábamos de romper mitos y dejar de seguir un guion sexual aprendido. Un guion que, históricamente, ha estado mucho más adaptado al placer masculino: una sexualidad centrada en la penetración, en el rendimiento y en un final bastante claro, el orgasmo del hombre.
Pero quizás lo más preocupante no es solo cómo se ha construido el sexo, sino cómo muchas mujeres hemos aprendido a relacionarnos con nuestro propio placer dentro de él.
A muchas mujeres no se nos ha enseñado a desear.
Se nos ha enseñado a gustar.
A ser deseadas.
A mirar cómo nos ven, más que a preguntarnos cómo nos sentimos.
Y eso tiene consecuencias. Muchas mujeres explican que les cuesta relajarse, pedir, ocupar espacio o simplemente dejarse cuidar sexualmente. Incluso a veces aparecen pensamientos de forma intrusiva cuestionando la validez del momento, o obligando a estar presente de una manera determinada.
Y esto habla de aprendizaje.
Porque cuando durante años aprendes a vincular tu valor a satisfacer, gustar o responder a expectativas, conectar con un placer propio, libre y presente puede volverse difícil.
Incluso algunas disfunciones sexuales, como determinadas dificultades orgásmicas, pueden entenderse también desde aquí: un cuerpo pendiente de cómo está siendo percibido difícilmente puede entregarse del todo a lo que está sintiendo.
Habitar el placer
Por eso, muchas veces propongo una reflexión muy sencilla:
Si eres mujer, prueba algo. Pídele a tu pareja que te dé placer… y tú no hagas nada. Y trata de observar qué aparece cuando no estás pendiente de cuidar, devolver o sostener al otro.
A veces, ahí aparece la incomodidad, la culpa o incluso el bloqueo. Y entender eso puede ser profundamente revelador.
En terapia de pareja esto aparece con frecuencia. Muchas dinámicas sexuales siguen funcionando alrededor de ritmos más asociados a la excitación masculina: rapidez, espontaneidad constante, foco genital, resolución rápida…
Y cuando el deseo o la excitación necesitan otro tiempo, más contexto, más presencia corporal o emocional, surgen frustraciones, inseguridades o sensación de incompatibilidad.
Y esto no va en contra de los hombres, todo lo contrario, es una invitación a observar y escuchar con libertad nuetsro deseo.
Todos aprendemos dentro de una cultura determinada.
La clave no es culpabilizarnos, sino tomar conciencia de cómo hemos aprendido a relacionarnos con el placer, el cuerpo y el deseo.
Porque más allá de los roles de género, el placer no debería ser un lugar de exigencia, actuación o desigualdad.
El placer también debería poder sentirse seguro, compartido y libre.